| Punta del Este presentado por Paula Bistagnino de revista Para Tí |
| Turismo | |||
|
El 31 de enero de 2012 Revista Para Tí publicó este trabajo de Paula Bistagnino que si no conociéramos el lugar correríamos verlo y sentirlo
Las capitales del verano La apodan “el Mónaco del Sur” y desde hace cinco décadas es uno de los balnearios más exclusivos del mundo. Hoy, consagrada como uno de los paraísos de verano elegidos por ricos y celebridades del continente y más allá, la joya más preciada de la República Oriental del Uruguay tiene una historia que empezó hace poco más de un siglo. Aquí no hay ‘potrerillos’: hay todavía muchos potreros por los cuales pagan un ‘ojo de la cara’, reservando el otro para pagar futuros chalets. Y nosotros, mi señora y yo, ¡por las dudas! reservamos los dos para mirar cómo los otros los pierden…”, escribía en una postal un habitante de la recién bautizada Punta del Este, el 8 de marzo de 1909. Y bastaba con mirar las fotos de la época, en las que esa península era sólo arena y mar, para entender el escepticismo burlón de aquel hombre, que era también el de muchos otros “esteños”. Ninguno de ellos imaginaba, como sí lo hicieron los pioneros, que aquella tierra sin ninguna capacidad productiva podía convertirse en un hermoso balneario para turistas. Lo que sin dudas ni unos ni otros fantaseaban entonces era que ese paraje desolado del Cono Sur iba a ser en cuatro décadas uno de los destinos más exclusivos ya no de Latinoamérica, sino del mundo. Aquellos Pescadores “En tiempos aún más lejanos que la memoria del hombre, cuando los continentes ya estaban formados, la naturaleza creyó conveniente inventar frente a la costa uruguaya tres pequeñas islas. Con los años, una de ellas quiso ser parte de la tierra firme y se unió a la costa de roca y arena. Gorriti y la Isla de Lobos se quedaron en el mar”. Así se había formado, según un romance de fines del siglo XIX, esta punta de menos de un kilómetro de ancho que desde el aire parece estar a punto de soltarse del continente, justo donde el Río de la Plata se funde con el Océano Atlántico. Para esa época, la única construcción de material era el faro –erigido por Don Tomás Libarona, en 1860– y el resto no eran más que las chozas de los pescadores Calamet, Catanos y Roldán. Su nombre era Villa Ituzaingó y rara vez recibía alguna visita ya que ni siquiera los habitantes de Maldonado elegían sus playas y, en cambio, preferían bañarse en Las Delicias, que era la bajada más directa desde el centro, justo antes de Punta Ballena, y tenía aguas más mansas que las de la punta. De hecho, lo primero que se instaló allí fue la Sociedad de Pesquería, empresa de un francés llamado Julio Boeth, quien contrató como gerente al montevideano Don Pedro Risso. Dos años después, el empresario galo decidió retirarse del negocio de la pesca y, como indemnización, le cedió las instalaciones a Risso. Así, sin saberlo, empezó a escribir la historia de Punta del Este como balneario. Proveniente de una familia acomodada, Risso apeló a su gusto por la buena vida y se lanzó a la aventura de construir un hotel en medio de aquel desierto mientras, en simultáneo, se dedicaba a la difícil tarea de atraer a los más adinerados de ambas costas del Río de la Plata. La fórmula del éxito era simple y convincente: ofrecía alta gastronomía –su especialidad– y tardes lúdicas con vista al mar, en las que el juego de damas, las cartas y el dominó eran protagonistas en un abanico de entretenimientos de salón a la vera del mar. Pronto la propuesta se empezó a comentar en las mejores fiestas y reuniones de Montevideo y Buenos Aires, y los turistas y curiosos empezaron a llegar. El reglamento era estricto: los hombres podían bañarse en aguas de La Mansa y, mientras tanto, las mujeres disfrutar de la “pileta” en La Brava. Luego, mientras ellos se iban a cazar conejos a la Isla Gorriti o a remar, ellas podían juntar caracoles por la playa. Y en las noches, además de las cenas exquisitas, había juegos de lotería y tertulias improvisadas. En una década los visitantes se multiplicaron y otros empresarios llegaron para instalar más hoteles. Para 1900 ya estaban los primeros chalets: el de Vicente Ortega, luego el de Juan Ramón Seijo y, el tercero, el de Beltrán Hardoy. Pero no fue hasta 1906, cuando los pobladores de la península ya alcanzaban los 492, que se pudo reunir una comisión de vecinos que pidió a las autoridades la creación oficial del pueblo de Ituzaingó con el fin de fomentar el desarrollo de la ciudad. Al año siguiente, el Senado y la Cámara de Representantes reunidos en Asamblea General, aceptaron la solicitud, pero decidió bautizar al pueblo recién creado como Punta del Este, nombre con el que se lo conocía popularmente, por el simple hecho de ser la “punta del este” de la bahía de Maldonado. Con ese acto y el gran remate de solares del año siguiente, en 1908, nacía la internacionalmente conocida Punta del Este. El Mónaco del Sur Fue cuestión de tres décadas que aquel comienzo impulsado por voluntades individuales condujera a la creación de un destino de verano top. Y, en realidad, todo el desarrollo de Punta del Este siguió siendo incentivado por entusiastas que se enamoraron del lugar y decidieron impulsarlo. Así nació, por ejemplo, el legendario Biarritz Hotel, el primero de lujo, que fue erigido con capitales en su mayoría argentinos de la mano de la sociedad Bola de Nieve, una empresa formada por un grupo de habitués esteños que llegaron uno detrás del otro, por efecto del boca en boca. Sus iniciadores fueron el padre del ex-vicepresidente Camilo Guani y Don Felix Egusquiza, pero también estaba entre ellos el empresario y político Juan Gorlero –primer intendente de Maldonado– y un grupo diverso de argentinos. De hecho, la empresa tenía también su sede en Buenos Aires, en 25 de mayo y Reconquista. Y también así, por iniciativa individual, cobró su particular fisonomía el barrio de San Rafael, cuyo fraccionamiento fue obra del español Laureano Alonso Pérez. Llegado desde la Argentina, tuvo que enfrentarse a las autoridades para poder llevar a cabo su intención de respetar las formas de los médanos y no hacer un clásico “amanzanamiento” de líneas rectas en cuadrículas perfectas. De su iniciativa, junto con Antonio Lussich, nacería la sociedad que construyó el Hotel San Rafael. También por la iniciativa de Gorlero y su amigo Niceto S. De Lóizaga, en 1924 se fundó el Yatch Club, punto de encuentro de los amantes de la navegación de ambas márgenes y sede de veladas extraordinarias.Pero lo que terminó de transformar a Punta del Este en destino turístico fue la llegada del ferrocarril, hecho que recién ocurrió en 1930 y facilitó el acceso, que hasta entonces se hacía sólo por carretera o en barco. Entre tanto, los primeros extranjeros enamorados de las playas uruguayas difundían el destino por el mundo. Dos de los primeros fueron el arquitecto francés Lemonier, que instaló su chacra con un molino al estilo holandés –donde hoy es el Golf– y más cerca de los años ‘50 un extravagante diplomático-escritor que reportaba para el diario El Mundo, el libanés Emir Emin Arslán, que se quedó a vivir en la costa de la brava, donde se construyó una casa vasca sobre las rocas a la que bautizó “La choumière”. Al año siguiente, en 1951, la realización del Festival Internacional de Cine consumó lo que ya es una costumbre: la llegada de celebrities internacionales, grandes diseñadores, actores, modelos, empresarios y políticos que le aportan glamour, fama y diversión a las noches. Así retrataba este crecimiento europeizado una crónica de la época: “Tan sólo en el transcurso de una década los terrenos que bordean sus hermosas playas, como los del interior, se han cotizado en altos precios; parece un milagro, un encantamiento: el balneario se ha ido poblando y multiplicándose la edificación. La vida mundana ha hecho florecer establecimientos que van aparejados siempre a una sociedad rica y turbulenta que le da a la playa una característica muy personal. El turista de selección que ha tomado carta de ciudadanía en esta zona, al pisar este maravilloso suelo deja tras de sí el miedo al ridículo y al qué dirán. Por eso es frecuente ver en las calles de la ciudad personalidades que, sin temor a la crítica, pilotean en shorts y con rara habilidad, una bicicleta que en otra parte sería la piedra del escándalo; y si agregamos a esto lo cosmopolita de los habitués, veremos que no es muy descabellado cuando se afirma que Punta del Este tiene un raro parecido con el Viejo Continente, sobre todo con Francia, posee algo de Las Landas, del país vasco y mucho de la mentalidad y del placer de vivir de la Côte d’Azur”. Y eso que aún faltaba el toque mediterráneo con el que en 1962 el artista Carlos Páez Vilaró le daría aún más distinción: Casapueblo, que fue punto de reunión de artistas de toda América Latina y también de Europa y Estados Unidos. El Descubrimiento Si bien desde el origen del balneario los argentinos estuvieron presentes en la historia de Punta del Este, fue en la temporada de 1937 cuando los uruguayos hablaron de la primera gran oleada de veraneantes que cruzaron el Río de la Plata “en el flamante servicio de barco que les permite traer sus automóviles con los que luego conducen desde Montevideo y pasean por la avenida Gorlero”. Las razones eran varias, pero había una fundamental: Mar del Plata, lugar de veraneo exclusivo de la aristocracia argentina hasta la década de 1920, empezaba a popularizarse, en cambio Punta del Este todavía era “pequeña” y, sobre todo, exclusiva. Este desembarco tuvo un segundo hito en el verano de 1955, cuando el segundo gobierno de Juan Domingo Perón –meses antes de su abrupto y sangriento final, en manos de la Revolución Libertadora– decidió levantar las restricciones para viajar a Uruguay que mantenía desde hacía varios años. Así, los primeros días de enero el puerto se llenó de barcos de bandera celeste y blanca que navegaban desde el Tigre. A partir de entonces, esa postal fue un clásico de todas las temporadas en constante crecimiento. Sin embargo, aquello que entonces parecía masivo era apenas un adelanto de la “invasión final” de argentinos, que tuvo lugar en las décadas del ‘70 y ‘80 con el correlato de la explosión de los edificios torre que hoy delinean la fisonomía de la punta y ya alcanzan toda la extensión de La Mansa y LaBrava. Mientras tanto, las fronteras esteñas se extienden cada vez más hacia el este y el oeste, en busca de la exclusividad perdida. Y hay lugar para las chacras de ricos y famosos de todo el mundo –aunque los argentinos siguen siendo mayoría, seguidos por los brasileños–, hoteles boutique, galerías de arte, restaurantes de alta cocina, discotecas, bares y emprendimientos de todo tipo, desde los más clásicos hasta los más vanguardistas. Todo eso cabe junto en este rincón del mundo tan particular, cuya magia resulta inexplicable y a la vez magnética. PAULA BISTAGNINO Revista Para Tí
LBL_NEWERNAME
Otra noticias
|








También por la iniciativa de Gorlero y su amigo Niceto S. De Lóizaga, en 1924 se fundó el Yatch Club, punto de encuentro de los amantes de la navegación de ambas márgenes y sede de veladas extraordinarias.
esta zona, al pisar este maravilloso suelo deja tras de sí el miedo al ridículo y al qué dirán. Por eso es frecuente ver en las calles de la ciudad personalidades que, sin temor a la crítica, pilotean en shorts y con rara habilidad, una bicicleta que en otra parte sería la piedra del escándalo; y si agregamos a esto lo cosmopolita de los habitués, veremos que no es muy descabellado cuando se afirma que Punta del Este tiene un raro parecido con el Viejo Continente, sobre todo con Francia, posee algo de Las Landas, del país vasco y mucho de la mentalidad y del placer de vivir de la Côte d’Azur”. 