Trump y su paz mediante la fuerza reaparecen ante una ONU fracturada
- Sep 23 2026
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se dirigió este martes a la 81ª Asamblea General de las Naciones Unidas durante unos 50 minutos, combinando un repaso triunfalista de su gestión interna con una serie de advertencias a adversarios geopolíticos y un giro simbólico en materia de alianzas.
Trump abrió su intervención alardeando de sus logros económicos, en medio de una creciente inflación, altos precios de la gasolina y el gasoil, tasas hipotecarias récord e intereses más altos, además de un encarecimiento general de la vida en el país. También atribuyó a su Administración una caída del crimen en Washington D.C. cercana al 87%, con la promesa de alcanzar el 100%.
El tramo más duro del discurso fue para Irán. Trump sostuvo que el régimen "se está comportando mal, no porque sea fuerte y confiado, sino porque es débil y desesperado", y afirmó que si la comunidad internacional se mantiene unida, pronto se verá un mundo libre de lo que llamó 51 años de terror iraní. Fiel a su estilo de ultimátum, planteó la disyuntiva en términos personales: dijo tener "una gran decisión que tomar": permitir un acuerdo que deje a Irán reconstruirse como un país mucho más próspero, o bien "aniquilar" a la República Islámica rápidamente. Exigió además la reapertura del estrecho de Ormuz y un retorno a la mesa de negociación. Es un ejercicio de manual sobre coercive diplomacy: la amenaza no busca necesariamente la guerra, sino elevar el costo de no negociar hasta que la contraparte prefiera ceder. Es la lógica de Schelling, el poder de infligir daño como moneda de cambio, llevada a un discurso público, algo inusual porque este tipo de señalización suele reservarse a canales diplomáticos privados. Que se haga desde el atril de la Asamblea General también busca disuadir por elevación a otros actores, como Corea del Norte, no solo a Teherán. La sesión se desarrolló, además, en momentos en que la guerra entre Estados Unidos e Irán presiona al alza los precios del petróleo a nivel mundial.
El otro gran anuncio de la jornada fue geopolítico y no verbal: Trump firmó en la sede de la ONU un acuerdo de seguridad con Groenlandia y Dinamarca, celebrando el inicio de una relación "fantástica" para la OTAN, en un episodio que pone fin a una saga diplomática que había derivado en una crisis abierta con sus aliados europeos por las pretensiones estadounidenses sobre el Ártico. El pacto confirma una lectura geopolítica clásica del tablero ártico: control de rutas marítimas emergentes por el deshielo, recursos minerales críticos y posicionamiento frente a Rusia y China en la región. Que el conflicto se resolviera por la vía de un acuerdo formal y no por la coerción abierta que Trump había insinuado meses atrás también puede leerse como un caso de bandwagoning aliado: Dinamarca prefiere institucionalizar la presencia estadounidense antes que enfrentarla.
En paralelo a su discurso, la agenda de reuniones bilaterales de Trump incluyó a la presidente encargada de Venezuela Delcy Rodríguez y un encuentro con el presidente ucraniano Volodímir Zelenski, un detalle que no es menor: ilustra cómo, cada vez más, el poder efectivo se ejerce por fuera del recinto formal de la Asamblea, en despachos paralelos, mientras el plenario queda reservado para la puesta en escena pública. Es el diagnóstico clásico del institucionalismo liberal sobre los límites de la ONU: las instituciones multilaterales solo constriñen el comportamiento de los Estados en la medida en que las grandes potencias estén dispuestas a operar dentro de ellas, y cuando el poder relativo lo permite, el hegemón puede optar por canales bilaterales y usar el foro multilateral apenas como caja de resonancia.
El resto de la Asamblea reflejó esa misma fractura del sistema multilateral desde otro ángulo. El presidente turco Recep Tayyip Erdogan condenó la ofensiva israelí en Gaza, acusó a Israel de actuar con "una mentalidad genocida" y calificó a Gaza como "el mayor cementerio de niños del mundo", lo que provocó que la delegación israelí abandonara el recinto; al presidente palestino Mahmoud Abbas, por su parte, Estados Unidos le negó la visa para asistir. El episodio es también un caso de manual, aunque desde otra escuela: el framing de Trump sobre Irán como amenaza "terrorista débil y desesperada", y el de Erdogan sobre Gaza como escenario de una "mentalidad genocida", son ejemplos de securitización en el sentido de la Escuela de Copenhague, donde un actor construye discursivamente a otro como amenaza existencial, o como víctima de una, para habilitar medidas excepcionales que de otro modo requerirían mayor deliberación. La disputa, en el fondo, no es solo sobre los hechos, sino sobre qué relato logra imponerse como "verdad" internacionalmente aceptada.
Trump también adelantó que su gobierno impulsará el desarrollo de la inteligencia artificial en lugar de "frenarla" con regulación, una postura que puede leerse como una estrategia de poder estructural como planteaba Susan Strange: quien fija el estándar tecnológico global fija también las reglas del juego económico futuro, en lo que es, en el fondo, una competencia de poder con China trasladada al terreno regulatorio.
El discurso confirma un patrón ya distintivo de esta administración: uso del espacio multilateral para proyectar bilateralismo, disuasión pública en lugar de diplomacia silenciosa, y una lectura del orden internacional más cercana al realismo de poder que al idealismo institucional que históricamente ha tratado de sostener el sistema de Naciones Unidas.
Foto: Reuters












