Trump, Xi Jinping y su tregua frágil se muestran en una Washington cargada de simbolismo
- Sep 25 2026
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, recibió este jueves en la Casa Blanca a su par chino, Xi Jinping, en el primer día completo de una visita de Estado de tres jornadas que constituye el regreso de un mandatario chino a Washington después de once años y el segundo encuentro presencial entre ambos líderes en lo que va de 2026, tras el viaje de Trump a Pekín en mayo. El despliegue protocolar fue deliberadamente desmedido: Trump y la primera dama Melania Trump recibieron a Xi y a su esposa, Peng Liyuan, con una alfombra roja en la Base Conjunta Andrews el miércoles por la tarde, un gesto que, según reportes locales, ningún presidente estadounidense había ofrecido a un visitante en esa base en seis décadas. La jornada del jueves incluyó una ceremonia de Estado en el jardín sur, un encuentro a puerta cerrada en el Despacho Oval y una cena de gala en el Salón Este, donde Trump invitó a los presentes a recorrer las obras del nuevo salón de baile de la residencia presidencial.
Ese exceso de puesta en escena no es un detalle menor para el análisis: en clave constructivista, la política internacional no se agota en el cálculo material de intereses, sino que se construye también mediante rituales de reconocimiento de estatus. Un despliegue protocolar de esa magnitud funciona como una señal dirigida tanto a la audiencia doméstica como a la contraparte: Washington reconoce a Pekín como un par cuyo prestigio merece ser validado con la pompa reservada a las potencias, algo que contrasta con la retórica de rivalidad estratégica que domina los documentos de seguridad nacional estadounidenses de los últimos años.
El encuentro se dio en el marco de la extensión de la tregua comercial que ambos países habían pactado a fines de 2025 en Busan, y que debía vencer el 10 de noviembre: el secretario del Tesoro, Scott Bessent, confirmó que la prórroga se extiende ahora hasta el 10 de enero, manteniendo en pausa una guerra arancelaria que había llevado los gravámenes mutuos por encima del 100%.
El punto más citable de la jornada lo aportó el presidente Xi. El líder chino instó a ambos países a evitar la "trampa de Tucídides", en referencia directa al concepto acuñado por el politólogo Graham Allison sobre el riesgo estructural de guerra cuando una potencia en ascenso desafía a una potencia establecida. Xi propuso enmarcar la relación como "una carrera por alcanzarse mutuamente, no una lucha en la que uno gana y el otro pierde", y llamó a una competencia "sana" y "dentro de ciertos límites". Es una apelación explícita a la teoría de la transición de poder, pero invertida en su uso retórico: mientras la literatura académica describe la trampa de Tucídides como una tendencia estructural difícil de evitar, Xi la instrumentaliza como argumento normativo para pedirle a Washington que se abstenga de un enfoque de contención pura. Es, en el fondo, el mismo debate que atraviesa hoy la disciplina entre quienes ven en la rivalidad chino-estadounidense una repetición inevitable de la historia y quienes sostienen que la interdependencia económica y las instituciones internacionales pueden acotar esa lógica.
La guerra entre Estados Unidos e Irán, iniciada en febrero por Washington junto a Israel y que derivó en el cierre del estrecho de Ormuz y una escalada de los precios de la energía, sobrevoló la cumbre sin producir avances. Trump reclamó a Pekín que respalde el aislamiento económico de Teherán y presione por la reapertura del estrecho; China, principal socio comercial de Irán, se mostró reacia, y Xi se limitó a expresar su respaldo a un retorno de Washington y Teherán al acuerdo interino que se había anunciado en junio y que colapsó poco después.
Taiwán confirmó ser el punto más sensible de la relación. Según la agencia oficial china Xinhua, Xi instó a Trump a oponerse a la independencia taiwanesa y a manejar la cuestión "con prudencia"; la Casa Blanca no ofreció de inmediato su propia versión del intercambio. Trump ya había anticipado en mayo que mantenía en suspenso un paquete de armamento a Taipei por 14.000 millones de dólares, y lo definió sin rodeos como "una muy buena carta de negociación". Ese tratamiento transaccional de un compromiso de seguridad que Washington sostiene desde hace décadas es la expresión más pura de una lógica realista de poder despojada de cualquier atadura ideológica o ideacional: no hay aquí defensa de la democracia taiwanesa como valor en sí mismo, sino cálculo de costos y beneficios relativos entre potencias.
La recepción interna en Estados Unidos mostró, además, una fractura que trasciende el partidismo tradicional. El senador republicano Roger Wicker cuestionó que se le ofreciera a Xi una bienvenida "tan fastuosa" dados los "problemáticos" antecedentes de Pekín; el demócrata Chris Van Hollen advirtió que Trump "se engaña pensando que congraciarse con autoritarios" le dará ventaja; el también republicano Rand Paul, en cambio, celebró la vía diplomática con la consigna "más diálogo, menos guerra".
La visita de Xi continuará este viernes con una ceremonia del té y una visita conjunta a los Archivos Nacionales, cierres protocolares que refuerzan la lectura ya instalada tras la primera jornada: una cumbre de alto voltaje simbólico y bajo rendimiento sustantivo, donde la extensión de la tregua comercial es el único resultado tangible verificable, mientras Taiwán, Irán y la inteligencia artificial permanecen como diferencias de fondo apenas administradas, no resueltas.
Foto: Alex Brandon / AP












