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Entre la rehabilitación y el hacinamiento: así funciona la cárcel de Las Rosas por dentro

Entre la rehabilitación y el hacinamiento: así funciona la cárcel de Las Rosas por dentro

Con más de mil personas alojadas en un establecimiento diseñado para poco más de seiscientas, la cárcel de Las Rosas funciona al límite. Iniciativas de rehabilitación, apertura a la comunidad y esfuerzos de gestión conviven con el hacinamiento, el déficit de personal y las carencias estructurales persistentes. El propio informe oficial advierte que “las carencias estructurales, agravadas por la sobrepoblación penitenciaria y la falta de personal, son un riesgo de violencia y un límite al impulso positivo” que hoy atraviesa a la Unidad 13.

Ubicada sobre la ruta 39, a la altura del kilómetro 12.800, la Unidad Penitenciaria Nº 13 —conocida como Las Rosas— se encuentra “en un lugar separado de los circuitos habituales del departamento”, lo que “consolida la sensación de que está ‘al margen’ a pesar de ser una de las prisiones más grandes del país”. Esa localización periférica contrasta con su peso en el sistema penitenciario nacional.

Los números reflejan con claridad esa centralidad. En 2024, la unidad alojaba 1.133 personas privadas de libertad, frente a una capacidad nominal de 691 plazas, lo que equivalía a una densidad del 164%. El informe subraya que la superpoblación “está presente en la Unidad desde el año 2018” y que su aumento “no ha sido acompañado por el incremento de recursos humanos y materiales” .

Una infraestructura desigual
Las Rosas combina edificios de épocas y calidades distintas. El celdario principal, de construcción más reciente, está compuesto por “ocho sectores de alojamiento masculino (identificados desde la letra A hasta la H), distribuidos en dos plantas, cada uno con un patio y un salón de visitas”. En paralelo, continúa en uso el edificio de la antigua cárcel, donde se alojan las mujeres, así como oficinas administrativas y el servicio médico.

En el sector femenino, el diagnóstico es especialmente crítico. El informe describe espacios “de muy pequeñas dimensiones”, con sectores “mal iluminados, con poca ventilación, deprimentes en general y poco aptos para la rehabilitación”. A ello se suman problemas de mantenimiento, la falta de mobiliario básico y dificultades de convivencia que restringen el uso de los espacios comunes.

Población y régimen de vida
La unidad aloja mayoritariamente a varones, pero también a mujeres y personas trans, y se caracteriza por un alto porcentaje de personas con condena firme: el 93 % del total. La presión demográfica incide directamente en la vida cotidiana. Según el informe, “las salidas a patio, tanto de las mujeres como de los varones, son muy restringidas por motivos asociados a la falta de personal” , aunque se reconoce que la dirección ha establecido mecanismos para verificar su cumplimiento.

La sobrecarga también se manifiesta en aspectos básicos del día a día. La imposibilidad de cocinar en los sectores, debido a las condiciones de las instalaciones eléctricas, convive con prácticas informales: “igualmente, se preparan algunos alimentos con agua hirviendo o con algunos dispositivos eléctricos improvisados” .

Educación, trabajo y apertura a la comunidad
Uno de los puntos más destacados del informe es el esfuerzo por sostener actividades educativas, laborales y socioeducativas. Se señala que “la Unidad 13 suele contar con actividades mixtas, lo que constituye un diferencial frente a otras unidades”. En ese marco se inscribe el trabajo del grupo Fénix Club de Rugby, que desde hace cinco años desarrolla un programa deportivo-social con hombres y mujeres, que incluye abordajes sobre consumos problemáticos y acompañamiento al egreso.

El documento resalta, además, “las acciones para incorporar actores externos a la Unidad”, calificándolas como parte de “una muy sana y, a estas alturas, impostergable política de relacionamiento con la comunidad local”. Entre esas experiencias se mencionan talleres impulsados por el Grupo de Mujeres Rurales Proyecto Abriendo Puertas, que alcanzaron al 90% de las mujeres privadas de libertad, y un taller mixto de lectura y escritura sostenido por voluntarias que “ha logrado consolidar un espacio estable de trabajo de gran valor para sus integrantes”.

Salud: una demanda persistente
La atención en salud figura entre las principales preocupaciones. El informe es contundente al señalar que “la atención a la demanda de salud mental es una cuestión pendiente fundamental”. Las carencias se observan tanto en el acompañamiento terapéutico como en el abordaje de las adicciones, con una cobertura considerada insuficiente.

El acceso a la atención médica se describe como limitado y complejo. Una práctica habitual consiste en que “los delegados o referentes del sector sean quienes acuden al servicio médico con un listado de personas que presentan los síntomas”, lo que genera “un acceso complejo a la medicación y a los tratamientos medicamentosos”.

Gestión y tensiones estructurales
El informe reconoce avances impulsados por la dirección de la unidad, como el fortalecimiento del área de atención a la familia, la ampliación de las comisiones laborales externas y las acciones preventivas frente a la autoagresión. Se destaca, por ejemplo, que se llegó a “registrar por video la distribución de la alimentación para prevenir inequidades o abusos”, como parte de “un afán por introducir un clima de respeto de los derechos”.

No obstante, el diagnóstico global es claro al advertir que “hay carencias estructurales agravadas por la sobrepoblación penitenciaria y la falta de personal” que limitan la capacidad de respuesta socioeducativa de la Unidad . El propio informe señala que estas patologías “son un riesgo de violencia y un límite al impulso positivo” que se intenta construir desde la gestión cotidiana.

Un equilibrio frágil
Las Rosas aparece así como una unidad atravesada por una tensión permanente: por un lado, prácticas que abren oportunidades reales de rehabilitación y de vínculo con la comunidad; por otro, condiciones materiales y humanas que “todo lo dificultan”. El documento concluye que los “aspectos sanos que muestra la gestión penitenciaria en el lugar constituyen una oportunidad institucional para crecer”, pero advierte que, sin atender las carencias estructurales, ese crecimiento queda severamente condicionado.

Las Rosas en cifras y palabras
* Personas privadas de libertad: 1.133
* Capacidad nominal: 691 plazas
* Densidad: 164%
* “La superpoblación presente en la Unidad desde el año 2018 continuó en aumento, sin haberse acompañado del incremento de recursos humanos y materiales”.

Infraestructura
* “Ocho sectores de alojamiento masculino, distribuidos en dos plantas, con un patio y un salón de visitas cada uno”.
* Sector femenino: “Mal iluminados, con poca ventilación, deprimentes en general y poco aptos para la rehabilitación”.

Educación y trabajo
* Personas que realizan alguna actividad educativa: 27%
* Personas que realizan actividades laborales: 19%
* “La Unidad 13 suele contar con actividades mixtas, lo que constituye un diferencial en relación con otras unidades”.

Comunidad y rehabilitación
* “Acciones para incorporar actores externos a la Unidad” como parte de “una muy sana e impostergable política de relacionamiento con la comunidad local”.
* Talleres que alcanzaron al “90% de las mujeres privadas de libertad”.

Salud
* “La atención a la demanda de salud mental es una cuestión pendiente fundamental”.
* “La falta de atención directa vuelve habitual un acceso complejo a la medicación y los tratamientos”.

Diagnóstico global
* “Hay carencias estructurales agravadas por la sobrepoblación penitenciaria y la falta de personal”.
* “Las patologías estructurales y las carencias que frenan ese desarrollo son un riesgo de violencia y un límite al impulso positivo”.

El desafío estructural de Las Rosas
El informe del Comisionado Parlamentario traza un diagnóstico tan claro como exigente sobre la Unidad Penitenciaria de Las Rosas: una cárcel donde existen prácticas valiosas, equipos comprometidos y experiencias de rehabilitación que muestran resultados, pero que se desarrollan en un marco estructural profundamente tensionado.

La superpoblación sostenida, la insuficiencia de recursos humanos, las graves deficiencias del sector femenino y la inadecuada cobertura en salud —especialmente en salud mental— aparecen como obstáculos centrales que limitan cualquier política de reinserción. Al mismo tiempo, el documento identifica una oportunidad concreta: “los aspectos sanos que muestra la gestión penitenciaria en el lugar son una oportunidad institucional para crecer”, siempre que se atiendan las carencias que hoy “frenan ese desarrollo” y constituyen “un riesgo de violencia y un límite al impulso positivo”.

El mensaje final parece ser inequívoco: Las Rosas no parte de cero, pero sin una intervención estructural que acompañe y potencie lo que funciona, el esfuerzo cotidiano corre el riesgo de quedar atrapado en un sistema que opera permanentemente al límite.

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