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Del Abuso a la Oval Office: el día en que Mujica llegó al corazón del poder mundial

Del Abuso a la Oval Office: el día en que Mujica llegó al corazón del poder mundial

Hace exactamente un año moría José Mujica. Y entre las innumerables imágenes que dejó su trayectoria política, hay una que, con el paso del tiempo, adquirió una dimensión histórica difícil de discutir: el día en que el exintegrante del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros ingresó al Salón Oval de la Casa Blanca para reunirse con el entonces presidente de Estados Unidos, Barack Obama.

La escena ocurrió el 12 de mayo de 2014 en Washington. Pero vista hoy, ya no parece solamente una bilateral diplomática entre mandatarios. Parece el punto más improbable de una trayectoria política que atravesó algunas de las mayores fracturas históricas de América Latina y del mundo: guerrilla, cárcel, dictadura, democracia, izquierda institucional y, finalmente, el centro simbólico del poder occidental.

Si décadas atrás alguien hubiera anticipado que aquel hombre, preso durante más de una década en Uruguay, terminaría sentado frente al primer presidente afroamericano de Estados Unidos en el Despacho Oval, probablemente habría sonado a ficción política.

Sin embargo, ocurrió.

En mayo de 2014, esta periodista realizó una cobertura especial para FM GENTE desde Washington durante la visita oficial de Mujica a Estados Unidos. La agenda excedía ampliamente la de una reunión protocolar: empresarios, sindicalistas, representantes culturales y autoridades de gobierno orbitaban alrededor de una figura que, en aquel momento, ya despertaba atención internacional mucho más allá de la política tradicional.

La delegación uruguaya se movía entre reuniones diplomáticas, encuentros empresariales y actividades culturales mientras Washington intentaba entender el fenómeno Mujica.

En el Capitol Hilton Hotel convivían empresarios, representantes sindicales y figuras culturales. Entre ellos estaban el director del Ballet Nacional del Sodre, Julio Bocca, y la primera bailarina María Noel Riccetto, quienes habían viajado para establecer contactos vinculados al intercambio cultural y artístico.

Mientras tanto, Mujica caminaba por el avión conversando con pasajeros, se instalaba en la residencia del embajador uruguayo y preparaba una reunión que terminaría convirtiéndose en una de las imágenes internacionales más recordadas de su presidencia.

Pero el verdadero peso simbólico estaba concentrado en otro lugar: el Despacho Oval.

Allí habían quedado registradas algunas de las escenas más emblemáticas de la historia contemporánea estadounidense: las conversaciones de John F. Kennedy durante la crisis de los misiles, las imágenes posteriores a la misión Apollo 11, los mensajes presidenciales tras el 11 de septiembre o las intervenciones de presidentes norteamericanos en momentos críticos de alcance global.

A ese mismo espacio ingresó Mujica.
Y el contraste era imposible de ignorar.

El dirigente austero que se había transformado en un símbolo global por su discurso anticonsumista y su estilo de vida llegaba al corazón político de Washington convertido en un personaje internacional que fascinaba a medios, universidades, empresarios y dirigentes políticos.

La propia reunión mostró rápidamente que no se trataba de un encuentro menor.

Obama dijo públicamente que estaba “favorablemente impresionado” por el trabajo de Mujica en Uruguay y destacó su “extraordinaria credibilidad” en temas vinculados a la democracia y los derechos humanos, debido a su historia personal. También valoró el rol uruguayo en misiones de paz y expresó interés en fortalecer los vínculos comerciales, educativos, científicos y de cooperación entre ambos países.

Mujica, fiel a su estilo, mezcló política internacional, envejecimiento, comercio, ciencia, tabaco y reflexiones personales en una sola intervención pública.

“Tenemos que ir a buscar la sabiduría donde está”, dijo durante aquel intercambio en la Casa Blanca, mientras hablaba sobre investigación biológica, formación académica y la necesidad de fortalecer el conocimiento científico en Uruguay.

La visita, además, tenía objetivos muy concretos.

Mujica buscaba ampliar los mercados de productos uruguayos, abrir espacios comerciales y establecer acuerdos de intercambio académico y científico. Durante una reunión posterior con residentes uruguayos en Washington, explicó incluso las dificultades que enfrentaba Uruguay para colocar algunos productos en los mercados internacionales.

“Vinimos a tratar de abrir puertas en un mercado que es durísimo”, afirmó entonces.

En ese mismo intercambio dejó además otra definición que resumía buena parte de su forma de ejercer el poder político.

“Nosotros somos presidentes, no alcahuetes de nuestro pueblo”, dijo al defender la regulación de la marihuana impulsada por Uruguay aun cuando una parte importante de la población rechazaba aquella política. Habló también de la batalla judicial de Uruguay contra la multinacional Philip Morris, defendió las políticas antitabaco impulsadas por el país y recordó que millones de personas morían cada año por fumar.

“De todos los valores, el más importante es la vida”, sostuvo en la Casa Blanca.

Pero incluso en medio de aquella escena histórica, Mujica seguía moviéndose con un lenguaje completamente ajeno al protocolo diplomático internacional.

“Quisiera ser un poco más joven para recorrer Mississippi”, comentó durante el encuentro con Obama antes de enviar “un abrazo a todos los agricultores” estadounidenses.

Esa mezcla de filosofía, política, pragmatismo y lenguaje cotidiano era precisamente parte de lo que lo convertía en un dirigente atípico respecto de los códigos tradicionales de la política global.
Washington parecía intrigado por él.

Y quizá allí radique parte de la dimensión que hoy adquiere aquella visita oficial.

Porque Mujica no llegó a Estados Unidos únicamente como presidente de Uruguay. Llegó como un fenómeno político global que rompía con las escalas tradicionales de un país pequeño acostumbrado a ocupar lugares periféricos en la escena internacional.

Años después, Mujica desarmaría toda la solemnidad en torno a aquella escena con una respuesta perfectamente coherente con su personaje. Consultado sobre el Salón Oval, dijo que “es una mierda” y que nunca entendió demasiado la fascinación que generaba.

Quizá justamente allí radicaba parte de lo que hacía tan singular aquella imagen: mientras el mundo veía al exguerrillero uruguayo entrar al corazón del poder estadounidense, Mujica seguía viendo apenas una oficina más.

Un año después de su muerte, aquella imagen del exguerrillero uruguayo entrando al Salón Oval ya no pertenece únicamente al archivo político de 2014.

Pertenece a la memoria histórica de una figura que logró algo extremadamente inusual para Uruguay: convertirse en un personaje reconocible en casi cualquier parte del mundo.




Laura do Carmo Iraola
foto: José Mujica y Barack Obama durante el encuentro bilateral en el Salón Oval de la Casa Blanca, en mayo de 2014 (Laura do Carmo Iraola)

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