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ADM: Sanguinetti y Lacalle Herrera pusieron a Uruguay frente al espejo

ADM: Sanguinetti y Lacalle Herrera pusieron a Uruguay frente al espejo

En el almuerzo de trabajo de la Asociación de Dirigentes de Marketing del Uruguay (ADM), los expresidentes Julio María Sanguinetti y Luis Alberto Lacalle Herrera partieron de un escenario internacional atravesado por guerras, tensiones entre potencias, proteccionismo e inteligencia artificial, pero llevaron la discusión hacia las condiciones internas de Uruguay para enfrentar ese mundo: educación, sindicatos, competitividad, garantías, Estado de bienestar, partidos y política exterior de equilibrio.

El almuerzo de trabajo de la Asociación de Dirigentes de Marketing del Uruguay (ADM) fue convocado bajo una pregunta de alcance internacional: cuál es el camino de Uruguay en medio de una turbulencia global marcada por guerras, tensiones comerciales, inteligencia artificial, debilitamiento de liderazgos y cambios en la relación entre las grandes potencias. Pero el intercambio terminó dejando una lectura más amplia: para Julio María Sanguinetti y Luis Alberto Lacalle Herrera, el nuevo escenario mundial también obliga a mirar hacia adentro.

La instancia, realizada este jueves en el Radisson Montevideo, contó con los expresidentes Sanguinetti y Lacalle Herrera y con el contador Enrique Iglesias, expresidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y actual presidente de la Fundación Astur. Sin embargo, al comienzo del encuentro se informó que Iglesias se había sentido mal al dirigirse al almuerzo, por lo que debió regresar a su casa. Desde la organización se informó que se encontraba en buen estado de salud, aunque no podría participar en la actividad.

El presidente de ADM, Jorge Abuchalja, ubicó el tema del encuentro en un doble plano: por un lado, el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea, al que presentó como una posibilidad de apertura para el desarrollo del país; por otro, un mundo “en guerra en todos lados” y atravesado por consecuencias que, dijo, Uruguay no puede manejar pero sí debe comprender. “¿Qué es lo que deberíamos hacer?”, planteó ante un auditorio integrado por dirigentes políticos, autoridades nacionales, representantes diplomáticos, cámaras empresariales y socios de la institución.

Antes de las exposiciones principales, el periodista Tomás Friedman trazó un panorama global centrado en la inteligencia artificial, el poder de las grandes plataformas tecnológicas, China, Estados Unidos, Rusia, Irán, Ucrania y el impacto económico de los conflictos internacionales. Su intervención funcionó como antesala de la discusión central: cómo se sitúa un país pequeño, abierto y dependiente de reglas internacionales en un mundo en el que esas reglas se ven cada vez más tensionadas.

Lacalle Herrera tomó ese diagnóstico como punto de partida, pero rápidamente desplazó la atención hacia la situación interna de Uruguay. “El relato que ha hecho Tomás Friedman es exacto, es sombrío”, dijo, antes de plantear que el país debía colocarse “frente al espejo” para preguntarse si estaba preparado para navegar en ese escenario.

“¿Qué podemos, qué debemos hacer para navegar con más facilidad en ese mundo tan complicado como se acaba de describir? ¿Estamos preparados?”, preguntó. Su respuesta fue negativa: “Yo creo que no”.

Desde allí, el expresidente blanco enumeró una serie de asuntos que, a su juicio, trascienden la división entre gobierno y oposición. El primero fue el sindicalismo. Lacalle Herrera habló de un “déficit democrático del poder” y sostuvo que, además de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial y de los partidos políticos, existe en Uruguay otro centro de poder con fuerte incidencia en la vida económica y social: el poder sindical.

“Tenemos un centro de poder en nuestro país que es el poder sindical, que no tiene ninguna de esas reglamentaciones de democracia”, afirmó. Según sostuvo, las organizaciones sindicales, al igual que las asociaciones empresariales, deberían contar con regulación democrática para conocer “cuál es la legitimidad de los poderes que ejercen”, sus finanzas y su financiamiento.

Para Lacalle Herrera, ese punto no constituye una discusión aislada, sino una condición para que el país enfrente mejor las contingencias externas. “En nuestro sistema la legitimidad del poder la da el voto y debemos igualar a todos los centros de poder tomando decisiones al respecto”, señaló.

Su intervención también incluyó referencias a las empresas públicas, el gasto del Estado, las inversiones, las garantías penales, la educación y la relación de Uruguay con su pasado reciente. Sobre las empresas públicas, sostuvo que el país tal vez no vuelva a discutir su propiedad, pero sí debería preguntarse si realmente responden al interés nacional, si prestan servicios más baratos y eficientes, y si gastan correctamente.

En materia de inversiones, advirtió que el mundo actual exige señales claras. Dijo que las inversiones “se van” y que las que podrían venir “vacilan” o analizan varias veces el contexto antes de decidir. En ese marco, vinculó el atractivo del país no solo con variables económicas, sino también con garantías institucionales y jurídicas.

Uno de los tramos más duros de su exposición estuvo dirigido al sistema penal. Lacalle Herrera cuestionó que una persona pueda permanecer años privada de libertad sin sentencia y afirmó que esa situación no puede ser tomada “a la ligera” por actores internacionales que evalúan al país como destino para invertir o hacer negocios. También advirtió que Uruguay ingresó en un terreno de “garantías débiles”, en el que comienza a importar públicamente quiénes son los fiscales y cuál es su orientación.

La educación apareció como otro punto central de su diagnóstico. El expresidente sostuvo que el sistema debería transmitir valores y preparar destrezas para desempeñarse en el mundo, pero afirmó que los egresados no están debidamente preparados. “Esto de la enseñanza, más urgente que nada porque es a largo plazo”, dijo.

Sanguinetti, en cambio, partió de una lectura más extensa del orden internacional. El expresidente colorado sostuvo que el mundo atraviesa un cambio sustantivo del orden mundial y también del orden civilizatorio. Recordó el liderazgo de Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial, la construcción de instituciones financieras, el impulso al comercio internacional, la Organización de las Naciones Unidas y la apertura hacia China durante el período de Richard Nixon y Henry Kissinger.

Ese orden, advirtió, ya no funciona como antes. Sanguinetti habló de una caída del derecho internacional, de soberanías agredidas, de tratados que se cumplen y se incumplen, y de un Estados Unidos que, pese a haber sido el campeón de la libertad comercial, utiliza ahora aranceles y medidas proteccionistas por razones políticas, coyunturales e incluso emocionales.

“Se ha desarmado el viejo orden mundial. No está funcionando el derecho, no están funcionando los mecanismos de paz. Estamos con un orden en tránsito. Hay un nuevo orden que aún no se ha construido”, afirmó.

Para Uruguay, esa situación supone un desafío directo. Sanguinetti recordó que el país nació de un hecho internacional, el tratado de paz de 1828 entre el Imperio de Brasil y las Provincias Unidas del Río de la Plata, y sostuvo que la política exterior siempre fue decisiva para la estabilidad política, institucional, la paz y la prosperidad del país.

En ese contexto, valoró el acuerdo con la Unión Europea como una “muy buena noticia” y definió a ese bloque como un enorme mercado y un poder económico relevante, aunque ya no con la fortaleza que tuvo en otros momentos. También planteó que Europa enfrenta una debilidad militar que condiciona su influencia y que Estados Unidos sostuvo durante décadas la seguridad europea con un gasto militar que Europa destinó al bienestar.

El punto más nítido de su intervención sobre política exterior fue la relación de Uruguay con Estados Unidos y China. Sanguinetti rechazó la idea de que el país deba optar entre ambas potencias. “No, el Uruguay no tiene que optar ni entre Estados Unidos ni entre China. Tiene relaciones con ambos y va a seguir teniendo relaciones con ambos, como las ha tenido siempre y como las debe tener”, sostuvo.

El expresidente colorado defendió una estrategia de equilibrio: relación con Europa, con Estados Unidos, con el Mercosur y con China. Esa apertura, dijo, es una fortaleza que Uruguay debe cuidar. En su análisis, el país debe moverse con prudencia e inteligencia en una realidad cambiante, sin quedar capturado por alineamientos automáticos ni por convocatorias sin institucionalidad clara.

Sanguinetti también aludió a la polémica generada por la presencia del presidente Yamandú Orsi en un portaaviones estadounidense. Consideró que el mandatario hizo bien en participar, porque ese gesto muestra que Uruguay puede no estar dentro de determinadas alianzas impulsadas por Estados Unidos, pero tampoco es enemigo de ese país. Para Sanguinetti, el episodio expone precisamente la dificultad de mantener equilibrios en un mundo donde cada señal exterior puede ser leída en clave de alineamiento.

El expresidente vinculó ese desafío internacional con otro problema interno: la fortaleza de las democracias. Sostuvo que la democracia occidental enfrenta dificultades enormes y que los populismos no deben ser entendidos solamente como fenómenos ideológicos, sino como mecanismos para conquistar poder mediante el uso de instrumentos de comunicación cada vez más poderosos.

En ese tramo, introdujo la inteligencia artificial como un factor capaz de incidir en sentimientos, prejuicios y resentimientos. A su juicio, los populismos explotan precisamente esos resentimientos. También defendió el papel de los partidos políticos, aunque estén cuestionados. “Mientras estén cuestionados, van a estar vivos. Y mientras estén vivos los partidos, van a estar vivas nuestras democracias”, afirmó.

El bloque de preguntas abrió otros frentes. Consultados sobre la calidad de la discusión política y el tono en Uruguay, Lacalle Herrera habló de desinterés ciudadano, bajo reclutamiento en los partidos y crisis de representación. Dijo que muchas personas no se sienten representadas por quienes votan o por el sistema votado, y contrastó la velocidad de las redes sociales con los tiempos de deliberación del Parlamento.

El expresidente blanco pidió que los jóvenes ingresen a los partidos y sostuvo que la crítica debe ir acompañada de acción. “El que critique pero no se moje la ropa me parece que le quita mucha fuerza a su crítica”, dijo.

Ante una consulta sobre seguridad pública, Lacalle Herrera evitó presentar una batería específica de medidas y llevó la respuesta al terreno del contrato electoral. Sostuvo que, si le tocara gobernar nuevamente, diría antes de la elección qué haría, de forma “bien clarita”, para que luego la ciudadanía pudiera reclamarle lo prometido. También afirmó que, una vez asumido, actuaría de inmediato: “Lo primero que haría es hacer las cosas enseguida y no esperar un año para prepararme e investigar qué voy a hacer. El 2 de marzo empezaría”.

Sanguinetti, por su parte, fue consultado por la crisis del gobierno español y del Partido Socialista Obrero Español. Respondió que la seguía “con pesar” y extendió su preocupación a la crisis de los partidos en general. En ese tramo cuestionó también a Vox, al que definió como una fuerza populista que presiona al Partido Popular desde la derecha.

La pregunta final llevó a ambos expresidentes a repasar medidas de sus gobiernos que, a su juicio, mantienen impacto. Lacalle Herrera destacó la desmonopolización de los puertos, la apertura de la economía, la liberación del comercio de la carne, la eliminación del stock regulador y el inicio de la baja de la inflación.

Sanguinetti tomó ese último punto para subrayar la continuidad de la política de estabilización. Recordó que Uruguay convivió durante años con una economía inflacionaria en una región atravesada por niveles extremos de inflación, y sostuvo que el descenso hasta cifras de un dígito fue posible por una línea continuada entre gobiernos. También mencionó los centros CAIF, las escuelas de tiempo completo y la reforma de la seguridad social.

Pero, al mirar hacia adelante, volvió al punto que había aparecido en distintas partes del almuerzo: la educación. Para Sanguinetti, ese es el desafío de fondo. Cuestionó al gremialismo educativo, al que atribuyó un conservadurismo que impide cambios, y planteó una pregunta vinculada al mundo que había sido descrito durante todo el encuentro: si los jóvenes que hoy se forman en el liceo están siendo preparados para entender la inteligencia artificial y las transformaciones que ya atraviesan la economía, el trabajo y la vida pública.

El almuerzo de ADM dejó una discusión de varias capas: los expresidentes llevaron el análisis hacia la capacidad interna de Uruguay para responder a ese escenario internacional complejo. En sus exposiciones, la turbulencia global no apareció como un fenómeno distante, sino como una presión que obliga a revisar instituciones, educación, competitividad, garantías, partidos, sindicatos, política exterior y calidad democrática.

El eje común fue menos la descripción del mundo que la pregunta sobre Uruguay. En un escenario internacional más inestable, con potencias en disputa y reglas menos previsibles, Sanguinetti y Lacalle Herrera coincidieron en que el país no puede limitarse a observar lo que ocurre afuera. Debe definir cómo se prepara adentro.





foto: Federico Casaretto en X

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