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Economía: el crecimiento cae y deja al descubierto un problema más profundo

Economía: el crecimiento cae y deja al descubierto un problema más profundo

El Banco Mundial ajustó a la baja la proyección para Uruguay y ubicó la expansión en 1,6% para 2026, por debajo del 2,2% previsto por el gobierno. La corrección, que además implica un recorte respecto a estimaciones anteriores, consolida un cambio de escenario: el crecimiento se enfría y empieza a mostrar límites estructurales.

La revisión no es un dato aislado. En enero, la proyección se ubicaba en torno al 2,2%, pero el nuevo cálculo confirma una secuencia de ajustes a la baja que empieza a alinear las expectativas en torno a un escenario de menor dinamismo.

Ese corrimiento deja al descubierto una brecha relevante respecto de la previsión oficial y, al mismo tiempo, instala una señal más profunda: la economía uruguaya sigue creciendo, pero lo hace sin un motor claro que sostenga ese proceso.

El patrón se repite en distintas lecturas. El consumo mantiene la actividad, pero la inversión no logra consolidarse y las decisiones empresariales siguen condicionadas por la incertidumbre. En ese esquema, el crecimiento pierde tracción y tiende a estabilizarse en niveles moderados.

En su último informe regional, “Revisitando la política industrial: opciones estratégicas para la actualidad”, el organismo advierte que el crecimiento en América Latina “sigue siendo moderado” y que la principal limitación continúa siendo la inversión, que se mantiene contenida mientras las empresas esperan señales más claras del entorno económico.

El documento también introduce una lectura de fondo sobre economías como la uruguaya, a las que ubica en un grupo que históricamente “ha perdido terreno” por no lograr incorporar nuevas tecnologías a la velocidad necesaria para sostener procesos de crecimiento más dinámicos.

La señal ya empezó a trasladarse a la política económica. El ministro de Economía, Gabriel Oddone, advirtió semanas atrás que el nuevo contexto obliga a revisar los márgenes y no descartó ajustes o postergaciones. “No podemos descartar ninguna medida”, afirmó al referirse a la posibilidad de redefinir los compromisos en función de la evolución de las cuentas públicas.

El impacto es concreto. Con un menor crecimiento, la capacidad de sostener el gasto se reduce y la próxima Rendición de Cuentas queda condicionada por un escenario más estrecho. En ese marco, el gobierno ya contempla la posibilidad de financiar nuevos programas —incluidos los anuncios en el área social— mediante la redistribución de recursos existentes, sin ampliar el gasto global, lo que introduce una restricción adicional en la ejecución.

A eso se suma una inflación por debajo de lo previsto, que, si bien consolida la estabilidad de precios, también incide en los ingresos y limita aún más el margen fiscal.

El resultado es un equilibrio más exigente: menos crecimiento, ingresos más contenidos y una mayor necesidad de ordenar prioridades en un contexto en el que las decisiones empiezan a tener costos más visibles.

En la región, Uruguay mantiene su perfil de estabilidad y acceso al financiamiento, pero queda fuera de los focos de mayor dinamismo. No aparece entre las economías con mayores desequilibrios, pero tampoco entre las que logran expandirse por encima del promedio, que se ubica en torno al 2%.

Ese posicionamiento intermedio empieza a marcar un límite. La estabilidad sostiene, pero no impulsa.

Ahí se instala el punto central. El problema ya no es únicamente cuánto crece la economía, sino por qué no logra hacerlo con mayor intensidad. Sin inversión firme ni mejoras sostenidas en la productividad, el crecimiento tiende a estabilizarse en niveles bajos, incluso en contextos macroeconómicos.

El dato de 1,6% es el síntoma. Lo que aparece detrás es un cambio de escenario.

Uruguay no enfrenta una crisis, pero entra en una etapa en la que crecer deja de ser algo dado y pasa a depender, cada vez más, de decisiones que todavía no terminan de aparecer.